Dislexia sin Complejos

jueves, febrero 10, 2011

Breaking the surface

Debajo de la superficie más o menos convencional de cada individuo, más o menos alto o bajo, más o menos grueso o delgado, más o menos disléxico o normolector, se encuentra siempre una persona con sus propias inquietudes, sus propios deseos, sus propias aficiones y sus propios objetivos. Juzgamos demasiado alegremente a las personas solo por lo que vemos de ellas, por las apariencias, e incluso emitimos juicios de valor cuando esas mismas personas admiten hechos o cuestiones de su esfera íntima que están condenados socialmente.
Conocemos muchas personas adultas con dislexia que ocultan la misma en sus trabajos o en sus entornos sociales, para lo cual han desarrollado importantes estrategias para compensar su desventaja. ¿Por qué? Sencillamente, si la dislexia en la infancia es un motivo de lucha, a menudo encarnizada, para conseguir que en el aula se tomen las medidas más adecuadas para el aprendizaje de estos niños y niñas, en los adultos, en la mayoría de los casos, la dislexia se convierte en algo parecido a una lacra social. Si se es brillante como Mariscal, Orlando Bloom, o Keira Knightley, vale, incluso es motivo de admiración añadida por cuanto que se presupone que han llegado a donde están pese a su dislexia. Pero si se es del montón, de la normalidad en términos estadísticos, la dislexia se convierte en un lastre que rápidamente se asocia a torpeza, ineptitud o vaguería.



El que está considerado el mejor saltador de trampolín de todos los tiempos, Greg Louganis, es disléxico, o tiene dislexia (ver: ser o tener). Louganis ganó los títulos mundiales de trampolín de 3 mts y Plataforma de 10 mts en 1982 (Guayaquil) y en 1986 (Madrid); así como dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1984), y otras dos en los Juegos Olímpicos de Seúl (1988). Anteriormente había ganado una medalla de plata en los JJOO de Montreal (1976) con solo 16 años. El boicot a los JJOO de Moscú (1980) retrasó su gran éxito olímpico.
La banderola de su dislexia se vio notoriamente empañada cuando, después de los JJOO de Seúl, en 1994, reconoció abiertamente su homosexualidad y su infección por el VIH. La dislexia parece como si se hubiese olvidado y, su homosexualidad y su infección por el VIH, se convirtieron en un importante lastre para su carrera deportiva.



En 1995 publicó el libro Breaking the surface, con Eric Marcus, una hermosa referencia para describir tanto el momento en que un saltador entra en el agua como el hecho de sincerarse y contar las intimidades subyacentes debajo de la superficie más convencional de la que hablábamos al principio. En 1997 se realizó una película para televisión sobre su biografía, "Rompiendo la superficie" (no estrenada en España), protagonizada por el actor Mario Lopez haciendo de Louganis y dirigida por Steven H. Stern.



Sin grandes pretensiones, este digno telefilm nos acerca de una forma íntima al universo de Greg Louganis, un niño que no era aceptado por su padre adoptivo, víctima de bullying en el colegio y algún que otro problema con la justicia en la juventud; y posteriormente víctima de maltrato por su pareja homosexual e infectado por el VIH. Louganis encontró en el salto de trampolín la motivación necesaria para llegar a ser lo que desde bien niño siempre quiso ser.







En los JJOO de Seúl, la piscina olímpica enmudeció cuando durante un salto en la sesión de clasificación, Louganis se golpeó la cabeza con el trampolín. No obstante, al día siguiente, ganaba la medalla de oro en uno de los saltos más memorables jamás realizados.



Las imágenes reales de aquél accidente podéis verlas aquí.

Hemos hablado anteriormente de dislexia y motivación (ver: Rudy). Todas las personas, disléxicas o no, necesitamos de una motivación para poder llegar a ser lo que deseamos ser. En eso no nos diferenciamos en nada. Llegar a ser algo o alguien, pese a una desventaja, es lo que con toda probabilidad nos puede diferenciar; al fin y al cabo, lo más fácil suele ser tirar la toalla y abandonar el sueño.

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jueves, mayo 06, 2010

Puente sobre aguas turbulentas

Si la semana pasada nos movíamos Como pez en el agua, esta semana vamos a cruzar un puente sobre aguas turbulentas. El tema que vamos a tratar es duro, muy duro, y por tanto delicado. Si el cine refleja una realidad social, si las películas nos cuentan historias, algunas de ellas pueden ser realmente terribles, como es el caso de la película The Ugly (Scott Reynolds, 1997).



Esta película neozelandesa, que nos recuerda algo a El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), trata de un asesino en serie.
Siempre se ha dicho que la realidad supera a la ficción. ¿Puede superar la realidad un argumento tan espeluznante como el de The Ugly? La respuesta es sí. Joel David Rifkin tiene el “honor” de ser uno de los asesinos en serie más famosos de EE.UU (From the Mouth of the Monster: The Joel Rifkin Story, Robert Mladinich, Simon & Schuster Australia, 2001).



Rifkin cumple una condena de 203 años por 17 asesinatos y es disléxico, como Simon, el protagonista de The Ugly, interpretado por Paolo Rotondo.



Ambos tienen en común, tanto el personaje de ficción (Simon) como el real (Joel D. Rifkin), el haber sufrido acoso escolar (bullying) en la infancia. No es una relación infrecuente; lamentablemente hemos conocido unos cuantos casos. Pero tampoco es inusual lo contrario, chavales con dislexia que practican el acoso escolar y que también ha recogido el cine, como es el caso de Mean Creek (Jacob Aaron Estes, 2004), con Josh Peck haciendo el papel de un matón de escuela con una dificultad de aprendizaje.





Asociar dislexia (per se) a asesinos en serie es tan desproporcionado como el asociarla a genialidad. Pero ¿por qué se le asocia a genialidad y, en cambio, miramos para otra parte cuando la asociación es con delincuencia o criminalidad? Lo cierto es que dislexia se relaciona más frecuentemente a delincuencia que a éxito. Evidentemente ni la dislexia es causa de genialidad ni de delincuencia, pero sí un factor de riesgo o, podríamos decir, subyacente. De la misma manera que la dislexia es más frecuente en empresarios (ver cita), también los es entre la población reclusa (ver cita).
Aunque en algunos casos la criminalidad puede tener una carga genética, parece indudable que la violencia siempre es el resultado de la interacción de las disposiciones hereditarias y de la influencia del ambiente (Genética de la Violencia, Marcela Jara V, Sergio Ferrer D, en Rev Chil Neuro-Psiquiat 2005; 43(3): 188-200). Esta influencia del ambiente en la dislexia puede ser, en muchos casos, de resultados catastróficos por la merma en la autoestima que se va produciendo en el desarrollo de la personalidad de un ser tan vulnerable como es el caso de un niñ@ durante el largo proceso del aprendizaje. Si a esto se le asocia el bullying y las agresiones físicas, el odio es una consecuencia casi natural y lógica de toda esta mezcolanza de experiencias lamentables.
¿Qué podemos hacer? La dislexia no tiene cura porque no es una enfermedad. Acompañará al individuo durante toda su vida. Un niño con dislexia será un adulto con dislexia. Pero sí podemos, y debemos, prevenir las consecuencias que puede tener la dislexia. Si evitamos la exclusión, si evitamos la desventaja, es muy probable que evitemos la frustración y el daño en la autoestima que suelen ser el germen de cosas mucho peores que la propia dislexia, como a veces el cine se encarga de recordarnos.
Si no tenéis estómago, es mejor que renunciéis a ver la película The Ugly, premio a la mejor dirección en el Festival de Sitges de 1997.
Queda la opción de entretenerse un rato con la estrambótica y patética parodia sobre las películas de terror titulada Me parece que ... sé lo que gritasteis el último viernes 13 (Shriek If You Know What I Did Last Friday the Thirteenth, John Blanchard, 2000), en la que uno de los personajes es disléxico.



Pero nosotros no os la recomendamos.

La semana que viene trataremos sobre motivación a propósito de una muy buena película relacionada con la dislexia. ¡Os esperamos!

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jueves, abril 08, 2010

El patito feo

Nos gustaría poder adelantaros una noticia producida ayer mismo, pero debemos ser elegantes y dejar que sean los propios protagonistas quienes os la cuenten. Transcurrido el paréntesis de la Semana Santa, nuestros pequeños náufragos del aprendizaje como les hemos calificado en alguna ocasión, vuelven a enfrentarse a la dura tarea del aprendizaje convencional, ese mismo que, por ser convencional, les amarga la existencia día a día. Este tercer trimestre va a ser el más duro y el más estresante del curso.

Queremos hablaros hoy de uno de los cuentos clásicos más famosos del escritor danés Hans Christian Andersen, El patito feo, adaptado en innumerables ocasiones para el cine. Una de esas versiones (The Ugly Duckling, Jack Cutting 1939) de la factoría Disney, obtuvo el Óscar al mejor cortometraje de animación en el año 1940.







La historia no os la vamos a repetir aquí de tan conocida que es. El cortometraje al que hemos hecho referencia podéis verlo en YouTube. Siempre hemos encontrado en la historia del patito feo una referencia al ser y sentirse diferente con respecto a los demás y la exclusión que ello puede conllevar. Hace tiempo emprendimos una presentación acerca de las consecuencias de la dislexia en la que partíamos de la historia del patito feo. Y es que un niñ@ con dislexia es como un patito feo, rechazado por ser diferente, por tener que aprender de otra manera. El cuento termina bien, con una moraleja interesante: Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne; pero la realidad, con respecto a la dislexia, puede ser otra muy distinta. El patito feo acaba encontrándose con sus iguales, pero ¿y si diera con, por ejemplo, unas malvadas urracas u otras compañías poco recomendables como el Pinocho de Carlo Collodi? En la vida real, el daño a la autoestima de las personas con dislexia puede llegar a ser tal que les induzca a seguir caminos poco recomendables. Por eso es importante trabajar la autoestima de estos niños y niñas, para que puedan decir como el protagonista, al final del cuento:
"Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón. Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo".

Hans Christian Andersen es un escritor que figura en las listas de disléxicos famosos que tanto abundan por Internet. Como hicimos referencia en su momento (ver entrada) Kihl, Gregersen y Sterum, tras estudiar los manuscritos del escritor danés desde los 20 a los 70 años, no encontraron evidencias de la posible dislexia del autor (Hans Christian Andersen's Spelling and Syntax, in Journal of Learning Disabilities, 2000; 33: 506-519).

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jueves, marzo 18, 2010

Prometeo encadenado

Tras el estreno hace unas semanas de la película Percy Jackson y el ladrón del rayo, un remix sobre mitología griega con unos cuantos importantes errores de script, pero entretenida al fin y al cabo, a final de mes (31 de marzo) se estrenará Furia de Titanes (Clash of the Titans, Louis Leterrier), película a la que quería anticiparse Chris Columbus, probablemente para evitar una seria competencia en términos de recaudación de taquilla. No vamos a adelantaros nada sobre Furia de Titanes, un remake de la película de mismo título de Desmond Davis de 1981, en la que trabajó como extra un lejano pariente nuestro; al fin y al cabo se vuelve sobre la historia de Perseo y Medusa, pero sí vamos a hablar de Titanes, de uno en concreto: Prometeo.



Prometeo, hijo del Titan Jápeto, era el dios amigo de los mortales, según la mitología griega. De todos los mitos, uno que nos ha fascinado siempre es el de Prometeo, en concreto Prometeo encadenado, tragedia griega atribuida a Esquilo. Prometeo está considerado como el gran benefactor de la humanidad, según la mitología, y fue el auténtico ladrón del rayo (del fuego) de Zeus para entregárselo a los mortales. Por ello, Zeus le castigó a ser encadenado a una roca en el Cáucaso mientras un águila le devoraba el hígado durante el día que se regeneraba durante la noche. Y así un día tras otro. Si os dais cuenta, la dislexia es equiparable a la historia de Prometeo encadenado. La falta de automatización en la lectura representa un verdadero suplicio diario para un disléxico al enfrentarse con las letras; y esa historia se repite día tras día. Las letras devoran el hígado (la autoestima) de nuestros hijos. El pecado de ser disléxicos les asemeja a la historia de este Titán, culpable de haber robado el rayo de Zeus. Nuestros pequeños prometeos, auténticos titanes en esto de la lectoescritura, se merecen el respecto de todos nosotros ante ese esfuerzo sobrehumano diario frente a los libros o cuadernos a los que se encuentran encadenados.
Prometeo fue finalmente liberado por Heracles (Hércules en la mitología romana) cuando mató de un flechazo al águila que le devoraba el hígado, pero eso, y cuando ocurrirá para la dislexia, es otra historia que aún está por escribirse.



(Prometeo encadenado, cuadro de Paul Rubens (1612) en el Museo de Arte de Filadelfia)

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